De alguna manera llegar a Delfos por el camino de Beocia, recorriendo para ello las glorias de Maratón y el santuario de Apolo en Delio de Tanagra le parecía menos trabajoso que recorrer la ruta atravesando directamente el Ática o navegando desde Corinto, si bien era una ruta más larga y a la vez costosa, ya que había que alojar en Maratón y Tebas al menos, le aliviaba recorrer la ruta original y por lo tanto más arraigada y significativa para tantas generaciones de ciudadanos de Atenas. Peregrinar y ofrendar al oráculo de Delfos es un deber ciudadano, y los ciudadanos confían plenamente en él en gran medida por ser calificado de infalible, y a la vez configurarse como contrato tácito de confidencialidad, contrato moral, social y político. Al oráculo se le han confiado las más altas decisiones y de él y de su impronta sabia, segura y directa nacen las directrices que rigen y regirán sus destinos, al oráculo le confiarían la vida.

Se levantó temprano para sortear la abundante multitud que se encuentra en las festividades de Apolo, y a la vez aprovechar el sol que cada vez más oblicuo alumbra desde el sur. El camino a Maratón depara algunos peligros para un peregrino que viaja solo, algunos malhechores que disfrazados de cínicos asaltan a los peregrinos antes de llegar a Rafina para quitarles sus ofrendas, a veces incluso son capaces de robarles la pregunta y cobrar rescate por ella. Por suerte lleva sólo una pregunta, y la lleva fraguada en su memoria, y no escrita en cuero o fibra vegetal. Al cruzar la sombra del monte Himeto siente el primer dolor en el pecho, como daga afilada le alerta que este camino no será como años anteriores, los años curvan la voluntad y probablemente esta noche buscará alojamiento en Rafina. Al caer la noche también cae la fiebre, y en este estado costará más de la cuenta ser admitido en un alojamiento en la ciudad, se decide por uno menos lujoso en las afueras. Mañana deberá arreglar conseguir un transporte que pueda llevarle en su estado al anhelado templo de Apolo y a su respuesta, porque cuando no queda más compañía, respuestas o certezas es el oráculo quien las entrega.

Se duerme, tose, la fiebre que sube y el sopor mojado, los peligros del camino, los falsos cínicos, mal duerme, despierta brevemente sin reconocer la habitación ni sus luces, vuelve al mal dormir. Juan se despierta en pleno sopor febril por otro acceso agudo de tos. Tose, tose y tose como nunca, pareciera que todo su sistema respiratorio que alguna vez aprendió en el colegio quisiera escapársele por la boca, y suena ronco y ahogado, como instrumento de viento agripado, como cálefon desmembrado y estirado con parrilla costal, serpentín y todo, todo estallando por la boca, y ronco, agripado, ahogado y febril. A duras penas consigue ponerse de lado y se anima a sentarse, luego otro acceso de tos que esta vez lo hace desfallecer y caer de vuelta boca arriba en su lecho de pobre, de Covid-19 y calefón agripado.

Juan repasa en la memoria sus pasos, hace 12 días con una tos de perro mojado y helado como el piso de la calle helando en Lo Espejo se levantó temprano para sortear la abundante multitud que se encuentra cada mañana en el paradero, fue por sus propios medios y en locomoción colectiva al hospital Barros Luco, le introdujeron un enorme hisopo a través de su nariz y le dijeron que le enviarían el resultado a su domicilio. El mismo hospital contaba además con test rápidos y el resultado fue positivo para SARS Cov-2, el paramédico de todas maneras le aconseja esperar el resultado confirmatorio del PCR. Al no tener ambulancias disponibles lo mandaron nuevamente en locomoción colectiva a su casa. El paramédico, un muchacho en práctica, se compadece de él y le regala dos monedas. Desde ese día que no se levanta y que no se pasa la tos.

En estos días ha sido atendido desde lejos por su mejor amigo, su compadre, su auriga, que viene cada dos o tres días con una que otra cosita que le manda su familia, sus dos hijos y los amigos que han podido colaborar. Le deja servido para dos días en potes de plástico que si puede y se anima calienta en la cocinilla a gas. Ayer no pudo levantarse y hoy no se anima tampoco. El frío y el viento se cuelan por entre los vidrios rotos, mejor volver a acostarse.

Sólo un ritual ha mantenido fijo en estos 12 días, puntualmente a las 11:00 de la mañana enciende el televisor para ver la alocución diaria del ministro que es también doctor, político y oráculo en una sola figura. De él y de su impronta segura y directa salen cifras, estrategias y sobre todo palabras que acompañan y animan su soledad, y es que cuando no queda más compañía, respuestas o certezas es el televisor, pantalla, oráculo y polis, el que las entrega .

Despierta sintiéndose peor, la daga en el pecho avanza haciendo incluso que su fraguada pregunta peligre en los deslindes de la neumonía. Arregla por un precio no bajo ser llevado a Delfos postrado en una carreta con heno como lecho, con un muchacho sirviente del posadero como auriga, auriga Caronte que lo llevará bordeando el lago Copaide para luego pasar bajo el Parnaso y hasta la mismísima piedra del Ónfalo, el ombligo del mundo, regalo del mismo Apolo. Allí verterá la Pitia, la sacerdotisa, desde el cuenco de Apolo el sagrado líquido, el pneumos umbilical, pleural, que dotará al centro de la tierra las palabras que elaborarán la respuesta, respuesta que nunca falla, defrauda o miente.

El ministro polis doctor oráculo dice que no hay que temer, que el cuadro es poco más duro que un resfrío, que se puede pasar en unos días aislados en casa, que sólo unos pocos necesitarán un apoyo de mayor complejidad en hospitales o clínicas, que hay camas suficientes para todos y que una vez que nos contagiemos todos lograremos inmunidad de rebaño, que el virus se puede poner hasta buena gente. El oráculo no miente, no puede mentir, se repite para sí.

Al atardecer llegan con una suave llovizna a Maratón, les aguardan aún varios días de viaje a Tanagra y Tebas, bajo un clima al parecer no favorecido por los dioses. Esa noche el muchacho le deja su comida con un palo, por temor a contagiarse. Duermen en la carreta. El clima empeora pero decide continuar hasta Delio, sabe que allí los sacerdotes del santuario de Apolo bendicen y animan a los peregrinos a continuar camino a cambio de una módica suma de dinero. Llevan toda la mañana tratando de acceder a uno de ellos pero les es imposible. La muchedumbre habla por temor o por simple superstición de malos augurios y de abandonar toda peregrinación este año, hablan de una nueva plaga que habría caído desde el valle del Cefiso que hace que las personas no puedan respirar y mueran en ahogo. Finalmente uno de los sacerdotes les atiende, pero al ver su estado postrado y febril se alerta y alarma ordenándoles salir del santuario inmediatamente. Escucha como el murmullo crece a su alrededor, y se transforma rápidamente en clamores ciegos y gritos de rechazo, incluso es apedreado certeramente en su cabeza antes de huir en la carreta, por el camino a Tebas. La sangre, la lluvia, la humedad y el ahogo se mezclan en la dura noche que otra vez pasarán en la carreta. El muchacho esboza un gesto de impotencia y rabia, apenas perceptible. No dice nada.

Bordeando el gran lago Copaide existen numerosas canteras, algunas de ellas abandonadas, el muchacho sin hablar detiene la carreta frente a una de ellas y con el mismo palo que lo alimenta le obliga a bajar a golpes, en el frío suelo de la cantera le sigue golpeando duramente de pies y puños, y allí tendido indefenso y ahogado es despojado de su valiosa ofrenda por su falso auriga y falso protector. Traicionado y humillado lo abandona tendido en el frío lecho de roca, creyéndolo moribundo. Antes de irse le tira dos monedas y desaparece.

Se despierta en un nuevo ahogo, el frío, el suelo de la cantera, muy adolorido, esta vez, por más que la parrilla costal agripada se hiperinsufla no consigue terminar con la sensación de ahogo. Ahora además se le suma una sensación de dolor que le quema dentro del pecho con cada respiración, como una daga afilada, trata con mucha dificultad de sentarse, ponerse los lentes y tomar su teléfono. Le garabatea a duras penas unas palabras a su compadre que el autocorrector termina por dejar peor, su amigo alertado parte a buscarle, hay que partir a urgencias.

Llaman durante más de una hora pidiendo una ambulancia, cuando por fin le contestan le dicen que no hay ninguna disponible y que le recomiendan acercarse lo antes posible al centro de salud más cercano a su domicilio, que allí lo derivarán apropiadamente.

Su compadre hace de guardaespaldas guardando el frente, auriga y Caronte que le guía sin tocarle, camina dos pasos delante de él por pudor y por temor a contagiarse, las cuadras se tornan interminables, el frío, la tos y la fiebre son un vía crucis, un camino empedrado en subida al CESFAM polis y oráculo, por fin allá la ciencia médica, el mejor sistema de salud de Grecia y el mundo le aguardan, las respuestas rápidas y certeras, su impronta segura y directa, que no miente ni se equivoca, que existen camas suficientes para todos, es un poco más que un resfrío, mentalidad de rebaño, inmunidad de rebaño, rebaños que caen obedientes al mejor despeñadero del mundo.

Cae y se levanta varias veces, el dolor costal, el ahogo, la sangre seca de la pedrada, pasó tres días tendido boca arriba en aquella cantera abandonada a las orillas del Copaide. Toma entre sus manos sus dos últimas monedas: serán para pagarle a la Pitia o a Caronte. Decide terminar la travesía que resta a pie, contagiado, con la pregunta fraguada, solo y a pie. 12 días tarda en llegar desde Atenas al templo de Apolo en Delfos. La Pitia recibe la pregunta en su oído y las monedas en su mano, le sonríe y le pide que espere a las afueras, al mismo tiempo con la mirada finamente delineada le hace un gesto apenas perceptible a los guardias del templo.

Su compadre queda afuera también, fuma un cigarro para el frío. Le llaman por su nombre, pasa luego de esperar 45 minutos en sala de espera a ventanilla, la administrativa se alerta y alarma al escuchar de su boca que es paciente diagnosticado y llama a un paramédico y un guardia que lo toman y dejan nuevamente en las afueras del centro de salud. Que se vaya le dicen, que usted está contagiado y debería ir a un centro de mayor complejidad, al hospital donde le diagnosticaron, acá es sólo un centro de salud familiar pequeño y su presencia pone en peligro a una comunidad ya muy golpeada y asustada. Aquí no tenemos ambulancia, deberá caminar nuevamente.

El camino de vuelta debería ser siempre en bajada, de alguna manera volver a Atenas y sus calles siempre le devolvía al buen paso y al buen aliento, las posadas, los rebaños inmunes atravesando la calzada frente a la colosal estatua del Auriga, los mendigos y cínicos verdaderos en el camino, la pendiente empedrada e inclinada, y el aire, el aire y el ahogo, la tos agripada, la respuesta que no fue respuesta en absoluto, el oráculo que no puede fallar, que no podía mentir, tanta falsedad, tanto despeñadero, tal vez alcanza a llegar antes de las 11:00 para encender el televisor oráculo, el ministro polis y oráculo, que lo llaman a cada rato para felicitarle, tal vez alcanza incluso a llamar a sus hijos, la comida de dos días, el pavimento del templo de Apolo y finalmente el pavimento que se desploma sobre su cara y cuerpo, y su compadre dos pasos adelante. Se desploma a pocos metros de llegar a su casa.

En su casa y bajo la puerta yace un sobre que dice que su test de PCR dio positivo, que debe hacer cuarentena de 14 días en su casa y ante cualquier molestia o empeoramiento de la condición asistir al centro de salud más cercano a su domicilio.

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