¿Qué nos deja la partida de Ámbar?

La muerte de Ámbar vuelve a hacer sangrar la herida sobre la deuda de la protección a la infancia de nuestro país. Francisca Pérez Segovia, Psicóloga

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Quien haya atravesado una pérdida conocen de angustia, temor, rabia, dolor.Hoy ese sentir se hace presente en la sociedad que se desgarra y vuelve a fracturarse frente al crimen de Ámbar, una joven de 16 años, que estaba siendo buscada producto de su desaparición. Casi como la película de terror más horrorosa, los medios de comunicaciones fueron entregando detalles sobre los hallazgos del cuerpo de Ámbar y del crimen del cual fue víctima, que impacta y conmueve a todos quienes somos parte de la sociedad, apareciendo sin mayor convocatoria, manifestaciones en diversos sectores de nuestro país por parte de una comunidad que, mediante un acto concreto de responsabilidad ética, se moviliza y exige justicia. Ya lo decía la defensora de la niñez: “la ciudadanía necesita una respuesta”. Y a modo de precisar dicha frase, quisiera acotar que esa deuda de respuesta es hacia la niñez.Los hechos de violencia hacia la niñez son más frecuentes de lo sabido mediante la connotación pública. Por quienes trabajamos con las circunstancias dolorosas de la vida de los niños malherido por la vida, llamados los vulnerados, conocemos de la violencia en los espacios familiares, cuyo emergente también dice relación con el contexto social de vulneraciones ya existentes en las historias familiares, pero también conocemos cómo la sociedad margina, expulsa y castiga. Cómo las instituciones que, en el nombre de la protección de derechos, han sido aniquiladores de las subjetividades de los niños y sus familias, así como también principales responsables de violencia institucional. Ad portas de conmemorar 30 años de la firma de la convención de los derechos de los niños por parte del Estado de Chile, vemos con indignación que como país no hemos estado a la altura de los requerimientos de nuestra niñez, hemos sido testigos de algunos avances, pero también del fracaso de políticas públicas de protección, que poco o nada cambian los contextos de la niñez intervenida, vulnerada, excluida.  Hoy nos duele -una vez más-, la ausencia del Estado y su incapacidad de cuidar y  salvaguardarla a Ámbar, como a tantas otras.  Duele la deuda histórica con nuestros niños y niñas.  Desgarra el rol de la Justicia, quienes rebajan penas a homicidas, posibilitando la impunidad y la reincidencia en crímenes patriarcales. Necesitamos un Estado que garantice derechos y que se coloque en la primera línea con reales oportunidades de cambio y transformación, una sociedad que mantenga una relación solidaria y responsable hacia el otro, instituciones que trabajen y entreguen sus servicios entorno a la niñez, asegurando las garantías a los derechos de los niños y niñas.Para que la historia de Ámbar no quede en el olvido, debe ser contada, narrada, para que tome un lugar en la memoria de la sociedad y también en otras historias, otras, que deseamos, no sean su repetición.  

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